EL RELOJ DURMIENTE


El reloj se quedó dormido, acurrucado al silencio de las cobijas, nunca escuchó los cantos de gallo ni la urgencia que impone el madrugonazo. Otra prueba más de que nada puede vencer al cansancio

MUDANZA


Se sentía tan fascinada al leer aquella historia, que decidió hacer sus maletas e instalarse definitivamente en ella. Entonces nada resultó como se lo habían contado.

LA ÚLTIMA CENA


Juntó todas sus monedas, quería brindarle una noche de versos y almejas, el dinero a penas le alcanzó. La cuenta no sumó los sudores con que había pagado aquella cena


ALADO


Un sueño trinó sobre mis párpados, encendí la luz y no había nada, a la mañana siguiente me sorprendió volando sobre la almohada


LAS LÁGRIMAS TIENEN PRISA


Había olvidado cuanto pesa la tristeza, pero hay que evitar que las lágrimas te inunden. Todo empieza por los párpados, si ellos se mantienen secos es buena señal, pero no hay que confiarse, por el contrario debemos cerrarles el camino e impedir que el llanto caiga y nos surque las mejillas de ríos serpenteantes que terminan en cascadas, lagunas, mares de tristezas desbordadas. Nunca verse los pies, pués el abajo siempre es inquietante y nos confunden sus marrones recuerdos que el tiempo después de tanto nos ayuda a enterrar, siempre buscar el arriba donde haya luz, donde nos cieguen los blanzules y sin ninguna discreción respirarlos a fondo, con fervor, llenarse el cuerpo de brisa, abrir las branquias hasta que la piel se nos haga escamas

MORIRÉ CON ALAS


Contradiciendo todos los negros que desde la noche anterior se me habían instalado en el corazón amaneció clarísimo, como si me hubiera levantado en el país del nunca jamás. Un aire cristal iba y venía alborotándolo todo, despertando sonantes iridiscencias hasta donde la mirada alcanza. Me perturbó la poca importancia que el alrededor le daba a mi dolor, por un momento pensé que el día, por respeto a mi tristeza, iba amanecer en blanco y negro, los pájaros solo trinarían silencios y los colores sabrían quedarse mudos, pero no sucedió todo lo contrario y en la medida en que la mañana festejaba su alegría yo me iba oscureciendo más, cuando de pronto cayó del cielo un ramo de plumas blancas y negras, justo lo que necesitaba para ponerle punto final a mis espinas, me acerqué con cautela hasta que logré entender lo que era: un pichón de zamuro, un magnífico maestro con quien desplegar mis alas y aprender a volar.

EL PUENTE ROTO


“…El puente, gran pájaro de hierro que pasa navegando
junto a la muerte.”

Tomas Transtromer


Sabía que era un puente imponente y hermoso, se sentía orgulloso de elevarse sobre ese espacio prohibido, azul arriba, para arroparse con el tibio calor de los primeros rayos de sol. Había sido tan fuerte que nada lo amedrentaba ni siquiera el paso del tiempo, no conocía imposibles y su única mortificación era escuchar a lo lejos el cansado crujir de otros puentes viejos y achacosos, pero todo se diluía con la llegada de los niños, entonces no habían ruidos ni sepultos, la alegría subía del suelo trepándose por su estructura en una fanfarria de cantos.
Gozaba columpiando las risas colgadas de sus cuerdas. Adoraba esa levedad que lo estremecía hasta los cimientos con saltos y carreras para arriba y para abajo. Todos lo celebraban y a más de uno le resultó difícil contener los halagos ante esa maravilla que casi tocaba el cielo.

Vivía cada día como si no hubiese nada mejor en este mundo que ser puente, y se levantaba de la nada como una promesa, sintiéndose feliz de rescatar sitios sin huellas, negros de olvido, alojar algún solitario, robarle un beso de cielo a una muchacha hermosa y encantar a enamorados con hambre de luna.

Pasaron muchos años en que todo giró alrededor del puente, pero algo sin nombre lo dejó vacío, sin pisadas, ni miradas, completamente solo, a su suerte, con la carga más pesada, esa que impone el silencio.

Quién iba a imaginar que ese magnífico puente de puntuales regresos, extendido como un arcoíris entre montaña y montaña, lo iba a morder la oscuridad. Nunca importó que el puente tuviera temple de acero y se mantuviera firme e incansable aguantando los fuertes azotes de los aguaceros o los empujones del viento, si al final toda vida se hace selva.
Atrás quedaron los años en que se burlaba de los abismos, borrando fronteras para darle paso al sueño de la gente que iba y venía estrechando lazos en otros caminos.

El puente quedó despoblado, sin ni siquiera sentir el dulce paso de las mañanas, que morían antes de llegar. Nunca supo qué había pasado, ni siquiera logró imaginarlo, se preguntaba una y otra vez por qué nadie quería cruzarlo y a duras penas pudo encontrar consuelo en distantes recuerdos que parecían escombros de sus días de gloria, pero una vez que pasaban lo arrasaba la triste realidad y la desolación era todavía mayor.
No tuvo ningún contrapeso para tanta amargura y decidió que lo más sano era olvidar que alguna vez había sido puente.

Así lo hizo pero esa determinación se volvió polvo ante la urgencia de sentir otra vez las entrañables pisadas, temblores y sacudidas que parecían más lejanas que nunca. Lo aturdió el olvido y fue llanto de negros agujeros y ardores vacíos.
Pensó que la razón se volvió demente al ver pasar a tanta gente que en un parpadear desaparecía, no tardó en culpar al deseo que insistía en cavar ladridos ciegos en su desesperación, pero después se convenció de que fue la realidad de hierro, de blancos y negros, la que lo dejó colgado en una neblina de densas soledades.

Pasaron los días y todo seguía igual hasta que una tarde volvió a sentir los brinquitos de algodón de una colorida niña, fue tanta su impresión que apenas necesitó un instante para salir de aquél letargo, pero hubo algo que lo hizo dudar, le costaba aceptar que fuera alguien de carne y hueso y no otro espejismo roto, estaba tan confundido que ya no sabía en qué creer, hasta que escuchó su canto y vio agitar sus bracitos como si fueran hechos de alas, allí ya no le importó nada. Era tan feliz de volver a ser puente que se dejó columpiar por sus suaves andares, y nada pudo contenerlo cuando se dio cuenta que la pequeña estaba muy dispuesta a saltar bajo la cuerda de la baranda, sin poder evitarlo la vio hundirse en el aire, el puente se desprendió de todo, se lanzó para agarrarla, pero antes de llegar al suelo se conjuraron las miradas, y descubrió que la niña siempre fue mariposa y él un simple puente roto.

LA CARTA


Deja que vuele
sin llamadas
haz de ella
fogata
y tal vez olas

Edda Armas
Corona mar


Nunca logré saber quién había mandado aquella carta que Merlín, el gato de la casa, se había encargado de llevar en su hocico hasta mi cuarto. Me resultó imposible averiguar por qué esa carta siempre terminaba descansando sobre mi mesa de noche, aunque yo misma me ocupaba de llevarla a la cocina con la intención de dársela al cartero. A pesar de mis continuos ruegos fue completamente inútil pretender que la carta se quedara en el lugar que le había dispuesto, pero poco a poco y sin darme cuenta llegó el momento en que vencida por el cansancio de tanto verla sin mirarla, la dejé olvidada en la tranquilidad de mi cuarto, donde al parecer le gustaba estar.

Nadie en la casa se volvió a molestar por aquella carta, ni siquiera Fidelina una mujer ya entrada en años que traía en su piel todo el calor de Barlovento, y más de una vez nos pareció escuchar el agitado Caribe reventar en su risa. A ella le debía todas las chupetas de mi infancia, pero a raíz de aquella carta se había vuelto un mar de quejas. Era difícil imaginar qué fuerzas la hacían crecer como una palmera cada vez que gritaba que le daba una cosa aquí, otra allá, con sólo ver la carta pero el tiempo que todo lo puede, hizo el milagro que la razón no pudo y Fidelina también tiró la toalla.

La casa estuvo en calma hasta que una mañana mi cuarto amaneció manchado de tinta, cuando Fidelina descubrió aquél desastre empezó a restregarlo todo incluyendo pisos, muebles y paredes, mientras repartía regaños que en segundos se hicieron amenazas y juró sobre sus rodillas botar cualquier bolígrafo que no tuviera tapa. Me disculpé mil veces con ella, y no salí a ninguna parte para ayudarla a limpiar, pero de pronto me di cuenta que no había sido un descuido mío, sino la propia carta que sudaba tinta, hundida en un susto sentí que el mundo entero se me vino encima y no pude quitarme la cara de asombro el resto del día, empecé a tragar duro y armarme de valor para contárselo a Fidelina, fui al cuarto a buscar la carta y cuando abrí la puerta escuché un latido, no tuve que indagar mucho para saber de dónde venía ese pálpito, con los dientes apretados levanté aquél sobre que parecía contener algo vivo.

Desde ese momento todo en la casa se volvió sobresalto, el aire se llenó de terror y Fidelina y yo cambiamos ese aroma a coco que se nos había quedado en la piel, por un amargo olor a miedo.
Pasaron los días y la carta seguía allí quitándonos el poco espacio que todavía compartíamos, de golpe me sentí invadida por un sentimiento que me conmovió hasta las lágrimas, cuando por fin decidí buscar la carta en mi mesa de noche, noté que estaba extremadamente pálida, la agarré por una esquina y corrí a la cocina, Fidelina estaba meneando algún guiso y en lo que me vio entrar con ¨eso¨ como la llamaba ella, se le puso la piel de gallina y comenzó a gritar, el perro ante su espanto salió disparado por la puerta de la cocina y no lo volvimos a ver jamás.

No tardé en darme cuenta que la carta que tantos escalofríos le producían a Fidelina, a mí me partía el corazón y sin pensarlo dos veces grité con todo el alma,

¡Esta carta está enferma Fidelina, algo tendremos que hacer!

Fidelina con los ojos afilados por el miedo no paró de balbucear avemarías, me asaltó como una pantera y me arrebató la carta de los dedos, sin pensarlo dos veces la tiró al fogón, la carta nunca se quemó, pero conmigo pasó algo muy extraño, empecé a sentirme ingrávida, como si se me hubiera emplumado la sangre y de mi piel empezó a salir humo, Fidelina desesperada corrió a soplarme, pero ni con todas sus olas de mar pudo apagar aquél incendio que venía de mis adentros, lentamente me desvanecí en una nube de tristeza, Fidelina rompió su arrecife en lágrimas mientras lo poco que quedó de mí se fue deshaciendo en su mirada.

Dicen que a pesar de los años todavía se sienten en el pueblo los pasos fantasmales de Fidelina, incluso no falta quien la escuche echar chispas buscando aquella carta que le cerró las puertas del cielo.

UN LAPSUS GRILLUS



Hazte a tu nada

plena.

Déjala florecer.

Acostúmbrate

Al ayuno que eres.

Que tu cuerpo se la aprenda

Hanni Ossott


Había salido de casa justo en el momento en que las horas se arrastran, cuando todos vienen de regreso de sus particulares batallas, y uno puede fundirse en los zumbidos de una ciudad mucho más vital y efervescente. Quería contemplarla a través de sus palabras, robarme su musicalidad, gozar de aquél escándalo que poco a poco va matando el silencio, incluso el que se esconde en lo más adentro, pero todo fue inútil, sólo pude escuchar grillos, por alguna extraña razón las calles se habían vaciado de verbo, rimas, aullidos y gemidos, carecían de todo excepto de grillos, sólo se escuchaban grillos, grillos en todas partes y ya no sabía qué hacer para deshacerme de esos bichos perversos, que a pesar de mi rosario de ruegos se negaban a dejar de frotar sus patas.

Sabía que esa era la razón por la que se me hacía imposible hilar algún pensamiento, concebir una simple idea, o imaginar cualquier cosa distinta a un grillo, los criquets se habían instalado con tal intensidad, que me impedían escuchar hasta mi propia voz; como si el propio Ares me los hubiese mandado para invadir mi templo, y privarme de esa presencia magnífica e inquietante con la que solía enfrentarme al papel, que a ratos parecía dormitar aburrido junto al calor de la cocina y ya empezaba a cambiar los suspiros por bostezos.

Intenté reprimir la frustración que deja en el cuerpo la impecabilidad de una hoja en blanco, pero todo fue inútil, cada vez que intentaba escribir algo, lo único que podía conjurar era aquél terrible ruido verde, que apagaba cualquier intención de palabra. No recuerdo en qué punto del camino había dejado de ser un insecto, para convertirse en una enfermedad terrible, de esas que poco a poco lo terminan acabando a uno.

Regresé dos horas después, aunque en circunstancias normales no hubiese tardado más de veinte minutos, pero me resultaba casi imposible transitar por la calle con esa tormenta de grillos cayéndome encima. Parecía que toda mi vida pendía de un hilo sostenido al implacable cricket. Llegué agotado y me sorprendió encontrar la puerta de la casa entreabierta, comandado por la prudencia apenas la empujé con el pie y en lo que me asomé vi algo insólito en la mesa del tablón de la cocina, era un poema. Estaba allí, parado frente a mí, derramando sus fragancias en el aire, mientras yo lo tanteaba intentando agarrarlo con las manos, como si pudiera sostenerme. No sé cuándo me envolvió su misterio, su vaguedad, ni el momento preciso en que me acerqué a su rareza, a lo inexpresable de su inmensidad, pero en ese instante todo fue milagro, y sin darme cuenta empezó la fiesta, entonces dejé de ser yo, fui otro, fui todos y a la vez ninguno. De pronto el silencio abrió su diálogo y ya no había grillos, sólo una lluvia de noches y estrellas.

GATO ENCERRADO



"El gato camina por sí mismo

y no hay Tao ni prosa mágica

que lo retenga más allá

de sus horas y sus ánimos"

Julio Cortázar


Adoraba dormir con Pinccipesco, un gato elocuente, de facciones hermosas y colores radicales: blanco y negro, distribuido de tal manera que parecía llevar un traje de etiqueta. Derramaba su felina sensualidad en cada paso que daba, movía una pata aquí, otra allá y gracias a ese particular tumbao lograba acentuar con espíritu helénico, esa profunda fe que lo impulsaba actuar como si la única misión en la vida fuera ser bello.

Saltaba a la vista su elegante manchita en el pecho ignorando los caprichos del azabache con un blanco fulminante, que se extendía hasta las patas, dibujando unos impecables guantes en las extremidades delanteras y un par de botas altas en las traseras.

Era un gato de desbordantes proporciones que tenía el hábito de comer fantasmas. Ese gato veía lo que nadie más podía ver, y no se le escapaba uno: los cazaba con destreza, empezaba desplegando una gran agilidad correteándolos por todo el cuarto, luego como parte de un ritual, jugueteaba con ellos acorralándolos en las esquinas, hasta que lograba confinarlos al limitado territorio donde acostumbraba a llevar todas sus presas. Allí los acechaba con afilados arañazos y cuando por fin llegaba la hora en que la densidad de la noche cambia, justo antes de que lo sorprendiera el alba, los atacaba con el frenesí que deja la espera, le sacaba los colmillos con un sonido gutural espeluznante y sin demoras, el gato hacía evidente su impresionante voracidad tragándoselos enteros, sin molestarse en masticarlos, después se relamía y se estiraba en el piso ronroneando de pura satisfacción, como si se hubiera engullido algo gigante.

Era una práctica que sucedía noche tras noche, hasta que una madrugada mientras dormía me asaltó una sensación terriblemente desconcertante que me cortó el aire, jamás había sentido algo tan escalofriante, al principio pensé que se trataba de un mal sueño, una pesadilla pero cuando desperté supe que era tarde, demasiado tarde…
El gato ya me había devorado.

HORAS MUERTAS



“La memoria no es lo que recordamos,
sino lo que nos recuerda.
La memoria es un presente que nunca
acaba de pasar…”
Octavio Paz


El viento retumbaba una y otra vez dando bandazos contra los pocos árboles que todavía quedaban en pie, arrasando todo lo que encontraba a su paso, sin detenerse a discriminar entre lo bueno y lo malo. Resonaba con la misma ferocidad que podía desatar la furia de un león, mientras la casa crujía, sufriendo los latigazos y sacudidas con los que la azotaban aquellas ráfagas, que se hacían cada vez más intensas y amenazadoras.
Me asomé por la ventana y ya no podía distinguir los límites que señalan dónde empieza una cosa y termina la otra, todo era lo mismo, resultaba imposible diferenciar lo que era arriba de abajo; se hacía inútil cualquier esfuerzo por divisar tierra a la vista, pretender buscar lagos o montañas y mucho menos algún indicio de horizonte que con sólo levantar la mirada me invitara al cielo. Se instaló una absurda homogeneidad que me arrebató hasta los puntos cardinales de mi propia existencia, sólo podía distinguir un remolino blanco que reducía el paisaje a una sola visión: nada, pero no una nada pasajera, sino una nada definitiva que ya se lo había devorado todo. Así de confusa y perturbadora tendría que ser la inexistencia o quizás así fue cómo la sentí en aquél momento…


El cortante clamor de aquél vendaval me perforó el alma, sentí tanto frío, tanta desolación que pensé que iba a desfallecer, y como un acto de supervivencia reuní las pocas fuerzas que me quedaban para responderle a esos tormentosos aullidos con un grito, sólo para darme el gusto de hacerle saber que yo estaba allí, y aferrarme a las pocos fragmentos de vida que todavía quedaban a mi alrededor, para mi sorpresa hubo una falsa calma que me dejó escuchar con claridad el seco sonido de dos golpes a mi puerta, me apuré en abrir sin ni siquiera preguntar el nombre del inesperado visitante, porque me resultaba difícil creer que algún ser de este mundo pudiera dar dos pasos seguidos en aquella tormenta.

El viento levantó un absoluto caos, desordenando las pocas cosas que quedaban en la casa, librando una verdadera batalla que casi arrancó la puerta y entre los dos a duras penas alcanzamos a cerrarla.
Era un hombre joven no tendría más de treinta años, con una mirada tan profunda y triste que invitaba al infinito, estaba tan pálido que por un momento pensé que era un fantasma, no tuve que esforzarme para darme cuenta lo mucho que había sufrido, se quitó primero la gorra dejando al descubierto un abundante cabello perfectamente cortado y después el pesado abrigo que sacudió con extremo cuidado, tratando de no mojar el piso ni los pocos muebles que aun quedaban y en ese momento vi que llevaba un uniforme con tres estrellas en el hombro, lo que significaba que era capitán, claro si mi precaria cultura sobre códigos militares no me fallaba.

Mi inesperado visitante se refugió en el fuego poniéndole más leña y apilándola en perfecto orden, con la rigurosidad que sólo un soldado era capaz de profesar.
Sus movimientos eran tan precisos y seguros que parecía que estaba en su propia casa, me aceptó de buena gana un tazón de sopa caliente que con gusto le serví de lo que había quedado en el fogón y en ese momento me di cuenta que tenía una alarmante mancha de sangre seca en la chaqueta, justo a la altura del corazón, un detalle imposible de obviar y que sin duda lo hacía mucho más intimidante. Esa fue la primera vez que lo vi y desde ese momento no pude dejar de preguntarme qué habría pasado en su vida, para verse obligado a soltar sus amarras.


La ciudad, el país que conocíamos y en el que sin saber exactamente cuándo lo habíamos empezado a perder, era un absoluto infierno que peleaba hasta con los dientes por conservar la poca libertad que todavía le quedaba. La revolución igual que Saturno, no tardó mucho tiempo en devorar a sus propios hijos, por lo que se libró la más cruel de las luchas, una batalla casi imposible de ganar, frente a un ejército sin patria ni escrúpulos, cuya única religión era el poder de las armas para vengarse de Dios sabe qué…

Los revolucionarios habían puesto alcabalas por todas partes y la única manera de salir con vida de ese horror era escapando, pero las fronteras eran una trampa; demasiado extensas para recorrerlas caminando en ese frío infernal y la única salvación era encontrar a alguien que conociera los caminos verdes que bordeaban la montaña, sin contar con el gran coraje que exigía cruzar al otro lado. La muerte estaba al acecho, mordiéndolo todo, confabulada con el terrible invierno que se negaba a darnos un armisticio e insistía en arrebatarnos hasta el último aliento con la gélida hoja de su implacable espada.

Día a día se hacía casi imposible sobrevivir, si vencías al frío entonces quedaba el tormento de la revolución que asesinaba a gente inocente, dejando que los cadáveres se quemaran al viento, todos desnudos, mostrando sin la menor gloria las espantosas heridas de sus cuerpos mutilados y el cuadro se hacía todavía más dantesco al verlos atados a una vara como si fueran animales. No tenían permitido la misericordia de un entierro, quedaban allí destrozados, sin velas ni rosarios, a la vista de todos, exhibidos como trofeos para escarmentar los ánimos de quienes todavía pretendíamos repetir la misma aventura. A pesar de todo, los que sentíamos la vida correr por nuestras venas teníamos una sola idea en la cabeza, que no tardaría en convertirse en una obsesión: escapar, sin que nos importara si en el intento encontrábamos la muerte.

Eran tiempos difíciles en los que no había espacio para el recato, aprovechábamos cada comida, cada descanso, cada caricia como si fuera la última. Vivir nunca había sido una tarea tan intensa y al mismo tiempo tan efímera como en ese momento, aun así nadie quería rendirse, la vida se hacía más apetitosa en la medida en que la sentíamos escurrirse como agua entre los dedos.

En este terrible panorama la incertidumbre había tomado la palabra, convirtiendo nuestros días en noche y sin poder evitarlo a los dos nos arropó un fuerte presentimiento que espabilaba nuestras mentes imaginando un oscuro manto de no vida cayéndonos encima, y aquél estertor nos amedrentó de tal manera que nos dejó el ánimo hermético, callado como si fuéramos permanentes prisioneros. Una profunda devastación se trepó entre nosotros, mientras la casa asombrosamente resistía la embestida de la terrible tormenta que hacía todo lo posible por derribarla. Nos quedamos sentados en el único sofá que hacía que la sala no luciera vacía, mirándonos, sin poder decirnos nada, ninguno de los dos se atrevía a romper el silencio que nos escudaba, preguntándonos algo tan banal cómo nuestros nombres, en una situación en la que si no eras el enemigo, a nadie le importaba quién era quién. Nos fuimos acercando uno al otro, tratando de conservar el poco calor que el fuego aun podía brindarnos, esperando que la tormenta se aquietara y sin saber cómo, el aire que respirábamos se fue enrareciendo, dejando un irresistible rastro animal, como un perfume a hembra, a macho, a sexo que nos impregnó de deseo, mostrándonos cuan fuerte patea la vida frente a la muerte y sin perder tiempo en inútiles esperas hicimos la única cosa que un hombre y una mujer podían concebir en ese momento:amarse. Nos entregamos el uno al otro como quien se entrega a un gran amor, con la misma agitación, el mismo frenesí y las mismas ganas, que se hacían más fuertes al reconocernos como extraños.

Así, sin preludios ni promesas, su lengua afiebrada empezó a recorrer mi cuerpo y en el instante en que sentí sus dedos deslizarse entre mis muslos me hice fuego. Todas mis voluptuosidades lo guiaban para que buscara en mis humedades, ese glorioso escondite sagrado, la llave que le abriría mis convexidades para después hundirlo, sin prisa en aquél inesperado océano. Me extasié con un placer impuro al sentirlo saborear mis pechos y él se saciaba devorándome con sus labios de caramelo, mientras me sometía una y otra vez al ritmo desbordado que trazaba la firmeza de su virilidad, entonces a punta de jadeos y susurros le dije mi nombre, implorándole entre los cortos silencios que sabe imponer el deseo que lo pronunciara, hasta ese momento ni yo misma sabía cuánto necesitaba oírlo, rescatarlo

Mi nombre… le decía… Dime mi nombre…


Nunca me respondió, no estaba dispuesto a terminar con el ayuno de palabras que desde que nos vimos se había impuesto y sin pedirle nada más clavé mis ojos en los suyos, en ese momento sentí su mirada turbia derramarse sobre mi cuerpo, entonces temblé de pura excitación. Nos seguimos amando como si nunca más pudiéramos encontrar en esta vida la promesa de una próxima vez, y luego de aquella tempestad carnal nos enroscamos uno en el otro con la tranquilidad del que sabe que no hay mejor manera de morir en paz.


El cielo adquirió una extraña tonalidad negruzca, mientras el frío se metía por las rendijas que había en la puerta y el piso, obligándonos a pararnos, vestirnos, y a encontrarnos nuevamente con nuestra enlutada realidad. Me asomé por la ventana y noté que finalmente la tormenta estaba cesando, todo empezaba a calmarse, abrí la puerta con mucha dificultad por la nieve que había caído y vi su fusil apoyado en la pared, antes de que pudiera agarrarlo él lo hizo, parecía que ya estaba listo para seguir su camino, a pesar de la pesada oscuridad que ya se había instalado.

Se fue de la casa de la misma manera como había llegado, en silencio y a los pocos pasos lo vi desaparecer en esa noche infinita que se había tragado todo lo que nos rodeaba..
Volví a entrar en aquél refugio antes de congelarme y me di cuenta que había dejado olvidada su mochila, la abrí con el ánimo de encontrar algo interesante que me ayudara a pasar las horas, y de pronto noté que desde hace rato no pasaban, eran horas muertas, inmóviles, algo indescifrable había derribado al tiempo, pero no quise pensar mucho en eso, mi curiosidad era más fuerte que cualquier otra cosa y me entregué a explorar el contenido de su pequeño equipaje, allí encontré los recuerdos de toda su vida, me atrapó el orden con que había guardado cada capítulo que componía su existencia. Era una obra maestra la manera en cómo había clasificado cada recuerdo rescatado celosamente de su memoria, pero lo más peculiar fue que cada uno de ellos tenía puesto un precio y el nombre de un destinatario al que parecía que ya se los había vendido, como si se tratara de algún tipo de mercancía previamente negociada, que ya no le pertenecía y tenía la obligación de entregar. En el fondo de la mochila había quedado otro sobre, era el último y lo que nunca me esperé fue que éste tuviera mi nombre. Intenté abrir el sobre con las manos templadas de pura adrenalina, cuando sentí que alguien forcejaba la puerta tratando de entrar, metí rápidamente todo lo que había sacado de la mochila y la puse en el sofá justo a tiempo, pues no había terminado de soltarla cuando lo tuve parado frente a mí. Venía cargado de leña, traté de ayudarlo, pero no me dio oportunidad, la colocó con cuidado de no tirarla justo al lado de la chimenea, me dedicó una mirada profunda y me dijo sin decir:

Mañana salgo temprano.

Asentí con la cabeza y me sentí un poco perturbada ante el hecho de que no tenía nada que llevarme, sólo lo que tenía puesto, lo bueno es que ese percance iba a facilitarme transitar por el muy difícil camino que teníamos por delante.

Caminamos sin descanso hasta llegar a un pueblo tan pequeño que ni siquiera aparecía en el mapa, era el último punto antes de cruzar la frontera, nuestra última parada antes de dejar atrás el horror en que se había convertido nuestro distante país, desde allí se podía imaginar un mejor destino. Fue la primera vez en más de un año que pude sentir esa suave y fresca fragancia que desprende el futuro.
El régimen había dejado su huella en ese pueblo que todavía conservaba ciertos vestigios de belleza y lo que en un pasado cercano fue un lugar pintoresco, donde se endulzaba a los visitantes con los deliciosos aromas de sus guisos teñidos de paprikra, ya empezaba a cambiar el sonido de sus sonoros violines por ráfagas de balas y los coloridos geranios por un apabullante alambre de púas.

Mi extraño compañero me vio de reojo, sacó sus documentos de identificación y los revisó con extremo cuidado, por la expresión de su rostro debían estar en orden, en ese momento todo se me vino encima, yo no tenía nada que mostrar, hacía tiempo me había rehusado a cargar el acordeón de documentos revolucionarios que lejos de identificarme me anulaban, así que un día me vengué y en un acto de extremo patriotismo quemé la cédula de identidad, tarjeta de racionamiento, carta de buena conducta, constancia de residencia o cualquier otro papel que me estrechara el mundo. Nos acercamos al puesto de la guardia y él les brindó un respetuoso saludo de capitán que incluía los cuatro dedos sobre la frente y un sonoro choque de talón, mientras que yo hacía todo lo posible por ser invisible y pasar desapercibida escondiéndome detrás de él, de pronto uno de los hombres corrió hacia nosotros y después de saludarlo con un gran abrazo le dijo,

Lamento mucho la muerte de su esposa… Fue una mujer maravillosa. Malditos rebeldes, lo pagarán!!!

El bajó la mirada, aceptó el pésame con la solemnidad que lo caracterizaba y lo distrajo de mí pidiéndole que lo llevara hasta el oficial a cargo, pues traía órdenes urgentes del ministerio de defensa. Me hice a un lado, feliz de que no me hubieran detenido cuando me sorprendió la inesperada presencia de Rosa, una mujer que había sido amiga de mi madre, o de mi abuela…, por alguna razón mis recuerdos ya no eran tan claros, se estaban desvaneciendo como el humo, pero a todos nos estaba pasando lo mismo, sufríamos un shock colectivo debido a la gran tensión que generaba la horrible situación política en la que vivíamos, así era la guerra. En lo que vi a Rosa me pareció que lucía mucho mayor de lo que realmente era, recuerdo que la vieja Rosa, como la conocíamos todos, se había dedicado a velar por la buena salud de nuestros inquietos espíritus, si alguno de nosotros le caía mal de ojo Rosa sabía qué hacer, igual si sufríamos de mal de amores u otro padecimiento que la ciencia no pudiera resolver, en lo que Rosa me vio se emocionó y cuando venía caminando hacia mí el Capitán se cruzó en el camino, la agarró por un brazo y se apuró en decirle con mucha insistencia

Nos vemos a media noche en la iglesia, no falles, no hay otra oportunidad de salir de aquí Rosa.

Comparó su reloj con el de ella y le hizo hincapié en que fuera puntual, insistiéndole nuevamente en que no había otra oportunidad de huir, se despidió de Rosa con un beso y yo me quedé sin reaccionar, sin poder decirle nada en medio de todos esos militares que hubieran hecho el día con sólo saber quién era yo y lo que realmente estaba buscando en ese amenazante lugar.

Me ahogaba la angustia, por mi mente se cruzaron toda clase de pensamientos, sabía que tenía que unirme a ellos, me negaba a quedarme en aquella tierra de nadie que ahora izaba la bandera de la barbarie. Intenté buscar a Rosa pero fue imposible, recorrí todo el pueblo y sin proponermelo encontré la que había sido la casa de la abuela, estaba idéntica, nada había cambiado en su guarida como ella solía llamarla; los mismos muebles, la eterna mesa donde preparábamos los guisos y la sabrosa tarta de manzana que le regalábamos a los vecinos cuando celebrábamos alguna ocasión especial, confieso que me conmovió hasta las lágrimas ver en el largo pasillo de la casa sus fotos colgadas en la pared, ordenadas de tal manera como si fueran un mapa que deletreaba el transcurso de nuestras vidas. ¿Qué habrá sido de la abuela y otros tantos afectos que quedaron atrás, perdidos en el laberinto de la revolución?

Todo estaba oscuro, desde que la revolución se había instalado siempre era de noche, caminé hasta el puesto de guardias y allí encontré al Capitán muy animado jugando a la baraja, se divertía con la expresión de sus compañeros que no cabían en su asombro cuando les confesó con los ojos llenos de picardía que esa misma noche justo a las doce tendría un encuentro prometedor con una damisela y necesitaba que lo cubrieran pues no iba a poder reportarse hasta el día siguiente. Los oficiales lo vitorearon con palmadas en los hombros, chocando los vasos, brindando y confesando algunos de sus insípidos pecados. Habían hecho una verdadera fiesta de aquél encuentro amoroso y más de uno se lo tomó muy seriamente, como si fuera una misión de estado, en la que no estaba permitido fallar, a partir de ese momento el reloj captó la atención de todos y cuando faltaba un cuarto para las doce, entre chistes pasados de tono los oficiales se levantaron de la mesa, lo perfumaron con alcohol, lo empujaron a la calle, y le desearon suerte. ¡Habían mordido el anzuelo!

Lo vi salir del comando de oficiales y decidí seguirlo en silencio, cuando se percató de mi presencia apuró el paso. Caminamos sigilosamente hasta la iglesia, allí estaba Rosa esperándolo con diez personas más, Rosa lo interceptó antes de que el Capitán se reuniera con el resto del grupo y pude ver el desconcierto en su mirada al darse cuenta que toda esa gente venía con Rosa, y sin darle la menor oportunidad de decir algo, de justificarse le gritó en susurros, agarrándose la cabeza

¿Rosa te has vuelto loca?

Trató de calmarse y recuperar el aliento pero como las olas del mar que chocan con el risco vino de nuevo

¿No te das cuenta que lo que acabas de hacer es una sentencia de muerte para todos?

Le daba la espalda y la volvía embestir con una duda mayor

¿Cómo voy a sacar toda esta gente de aquí?

Rosa hacía todo lo posible por explicarle, diciéndole que esa gente le podía pagar muy bien, casi a gritos el capitán le respondió

¡No soy un mercenario, Rosa! ¿Por quién me tomas?

Se alejó de todos, encendió un cigarrillo. y cuando se lo terminó regresó mucho más calmado. Señaló a uno de los hombres que parecía estar en muy buena forma y le preguntó:

¿Sabes disparar?

El hombre se acercó y le respondió asintiendo con la cabeza

Si mi Capitán

Muy bien entonces tu irás al frente, sacó de su mochila un revolver calibre 38, una chaqueta militar, y se los dio, el hombre se preparó inmediatamente, y con el mismo autoritarismo militar los formó a todos diciéndoles,

De ahora en adelante todos ustedes son prisioneros de guerra y será así hasta que lleguemos a la frontera, si somos interceptados por algún regimiento lo pagaremos con la vida. ¿Están dispuestos a morir?

Se hizo un silencio abrumador, el Capitán los vio uno a uno, y pudo reconocer en el grupo a dos compañeros de infancia que habían traído hasta sus hijos. Se armó de valor y les dijo,

Muy bien interpreto este silencio como un sí, mientras pensaba muy en su interior ¡Que Dios se apiade de nosotros!

Empezaron a caminar tal y como el Capitán lo había dispuesto; los hombres mayores, las mujeres y los niños en el medio, los demás iban al frente o al final, yo me ubiqué de última, al lado de él siguiendo sus pasos huecos en la nieve, aguantando con el mismo estoicismo la fuerte ventisca que nos obligaba a retroceder dos pasos cada vez que ganábamos uno, era inaguantable la forma en que el viento quemaba nuestras gargantas y pulmones. A pesar del dolor físico que nos causaba el implacable frío, teníamos la voluntad que se necesitaba para sacar fuerzas de dónde fuera y vencer la resistencia que nos ofrecía la nieve cuando nos hundíamos hasta las rodillas tratando de avanzar, y aunque fue una caminata épica, nadie se rindió. No hubo lágrimas, ni siquiera quejas, nada sonaba entre nosotros excepto el triste lamento del viento que insistía en acompañarnos en aquella difícil travesía. Hicimos un verdadero esfuerzo para no hacer más ruido del necesario, todos tratábamos de evitar la peor pesadilla que podíamos vivir en ese momento: encontrarnos con alguna tropa patrullando el área, y lo peor de todo fue que estábamos conscientes de que nuestras posibilidades de ser descubiertos iban aumentando en la medida en que nos acercábamos más al sueño de cruzar la frontera.

Presionados por el miedo y el agotamiento disminuimos el paso, no sabíamos si el lado de la frontera que había escogido el Capitán era el correcto o por el contrario era el que estaba vigilado. Lo peor de todo fue que no había manera de corroborarlo. Era exactamente igual que jugar a la ruleta rusa, había una sola bala con cinco recámaras vacías, cuándo nos tocaría, podía ser en cualquier momento, sólo era cuestión de tiempo...

Como si hubiese leído nuestras mentes el Capitán nos detuvo a todos y reunió a un grupo de tres voluntarios para que echaran un vistazo a los alrededores, por lo que intuí que ya debíamos estar bastante cerca de nuestro destino final, les ordenó que en caso de que hubiera algún problema hicieran un disparo. Se fueron sin despedirse y a los pocos minutos nos cubrió una densa niebla imposibilitando la visión a menos de un kilómetro de distancia. Nos acercamos unos a otros esperando o más bien rezando por la vida de todos para que nadie se perdiera, cuando repentinamente vimos un escuadrón militar cruzarse con nosotros, el líder nos saludó sin pararse, marchando con sus soldados que saludaron sin mirar, el Capitán les devolvió la misma cortesía, eran unos jovencitos de la escuela militar, por un instante pensé que todo había terminado, teníamos demasiado en contra y a ratos parecía imposible salir de allí con vida. Seguimos avanzando y justo en el momento más oscuro, vimos la niebla disiparse, dimos unos largos pasos y nos encontramos con el resto del grupo que con mucha dificultad trataban de contener los gritos, mientras nos señalaban la alambrada de púas que marcaba el final de nuestro camino. Habíamos llegado, no sé cómo ni de qué manera pero parecía que lo habíamos logrado.

Todos se apuraron a saltar la barrera de alambre de púas y hasta el viento enmudeció cuando el Capitán se volteó para despedirse de aquella absoluta exquisitez que hasta ese momento había llamado patria, se acercó a la barrera de púas y antes de cruzar enterró el fusil en la nieve, respiró fuerte, desde muy adentro, se quitó la chaqueta con cierta parsimonia, honrando aquél uniforme que años atrás lo había acompañado en tantas campañas y lo había provisto de tanto orgullo, después se quitó la gorra, y la puso encima del fusil, se tomó un instante agarró la mochila, se la colgó en el hombro y vio a Rosa que lo estaba esperando con una gran sonrisa

Sabía que usted nos haría el milagro mi Capitán, siempre supe que usted era grande…

La ayudó a pasar la barrera y cuando finalmente se disponía a cruzar conmigo Rosa levantó su mano y le dijo en un tono de mando, dejando en claro cuáles eran sus dominios

Ella se queda mi Capitán, no puede venir con nosotros. Este no es su camino. Déjela aquí que es dónde debe estar.

El la fulminó con la mirada y con la determinación que lo caracterizaba le respondió

Shhhhh! ¡Cállate Rosa... Ella no sabe que está muerta!

Sentí vértigo. No me di cuenta en qué momento empecé a desvanecerme, hacerme aire, pero mi confusión fue total al verle brotar la mancha de sangre seca que tenía justo en el corazón, la herida se le había vuelto abrir y sangraba dolor, pena, agonía. Sangraba duelo, sangraba lágrimas que caían suavemente como rosas en la nieve y en ese instante entendí que había sido yo la daga punzante que atravesó su corazón. Allí lo supe todo, y antes que el viento barriera mi último sueño pude susurrar su nombre... Laszlo, mientras me adormecía en el más dulce de sus recuerdos.

El Espejo de una Niña Triste…


Cuidado con los espejos,
no siempre dicen la verdad…


Cabalga sobre mí el deseo intenso de ser conquistada, no por un hombre sino por un continente. Había llegado a ese punto radical de la vida en que es todo o nada, y sin ninguna advertencia entré en esa espiral devastadora, provocada por la fuerza centrífuga que se rebeló contra mí, para despojarme de todo lo que había amado; primero fue el trabajo, después vino la muerte de mi padre y por último, como una estocada final, justo cuando había bajado la guardia segura de que ya no podía perder más nada, me arrebató lo único que me reconciliaba con la alegría de vivir, el amor de Miguel.

Me costaba admitirlo pero en mi vida se habían instalado los puntos suspensivos. Ya no me quedaban muchas opciones, por lo que decidí buscar otros horizontes en un nuevo país, en el que pudiera probar un poco de suerte y otro tanto de aventura, así escogí mi nuevo destino: Costa Rica, un lugar donde la gente sabe que la risa es el camino definitivo para llegar a Dios y fieles a esta inspiración contestan a cualquier saludo con un sabroso ”pura vida”, justo lo que yo necesitaba en ese momento.

Finalmente llegó el día y a pesar de todas las ilusiones con las que había tejido esta nueva vivencia que se abría para mí, no puedo describir lo difícil que se me hizo decir adiós. Se necesita mucho coraje para cerrar un capítulo incompleto en tu vida y lo que es peor aceptar la derrota con elegancia. Miguel me llevó al aeropuerto, se despidió de mí con un dulce hasta pronto, y al sentirlo de nuevo tan cerca mi corazón volvió a encender la chispa, creando la ilusión de que con esas dos palabras él había dejado una puerta abierta, pero mi razón no se prestó a trampas ni a confusiones y entendió lo que había que entender; que sólo significaba la cortesía de un buen hombre, que finalmente se sentía liberado para escoger otro camino, aunque eso me partiera el alma.


Costa Rica me sonrío desde el momento en que llegué. La primera impresión que tuve fue haber viajado atrás en el tiempo, pues esta gente se dedica a conservar muy celosamente sus tradiciones y como si fuera parte de su alma veneran la tierra en la que cultivan una de las mejores semillas de café del mundo, brindándole al que pase por allí, un espectáculo que despierta todos los sentidos.

Habían pasado apenas unos quince días cuando conseguí trabajo en la industria farmacéutica, buscando plantas con propiedades medicinales, eso me animó a comprar una casa exquisita, que encontré en un acogedor lugar llamado Heredia. El terreno tenía aproximadamente mil metros, rodeado de plantas exóticas que brindaban un torbellino de fragancias violetas, rojas, naranjas y otras extrañísimas tonalidades, que aunque no aparecen en el arco iris me resultaban preciosas. Era la casa perfecta para un nuevo comienzo, y no tardé en descubrir que su mayor tesoro estaba guardado en la habitación principal, donde se escondía un espectacular espejo de bronce labrado en la época del clasicismo que probablemente llegó hasta allí por la terquedad de algún pirata, y aunque no estaba muy segura de la veracidad de esta historia me encantaba darla por hecha, de lo que nunca tuve ninguna duda fue de la absoluta exquisitez que ofrecía esta magnífica pieza.

Otra cosa insólita de la casa fue su precio, resultó ser una ganga para algo tan bello, y ni hablar de su ubicación, estaba arriba coronando la montaña y sólo le llegabas por un serpenteante camino de tierra, que siempre tenía una densa neblina cubriéndolo, lo que hacía todo más extremo y sin duda mucho más divertido

No habían pasado tres meses de mi llegada cuando empecé a incluir en mi saludo un muy sonoro y generoso ”pura vida”, ese espléndido escenario me conectó de inmediato con esa sabiduría que viene de abajo, de la madre tierra y gracias a eso entendí que la única cosa que nos puede mantener enteros es reconciliarnos con el entrañable silencio que sabe darnos el perdón.

Seguía decantando el amor de Miguel, pero de una manera distinta, sin esa odiosa tensión con la que había expuesto esa relación, hasta sentenciarla a muerte. En la distancia empecé a saborear la libertad que sabe dar el desapego y desde entonces no puedo dejar de preguntarme: ¿por qué la sabiduría es tan impuntual?

Después de estar una semana metida de cabeza en el laboratorio natural, como empezaba a llamar a mi selva, llegué a casa tan renovada que me animé a servirme una copa de un bellísimo Carmeniere, fui a mi cuarto en el que disponía de todo un universo, aunque sólo había una cama, una mesita donde estaba el televisor, todos mis libros, un porta retrato con una foto que me había tomado Miguel en uno de nuestros exóticos viajes y a un lado, con todo el protagonismo que merece una obra de arte, el espectacular espejo que heredé cuando compré la casa.

Tomé el teléfono y movida por un impulso marqué el número de Miguel, para mi total sorpresa estuvimos hablando ´por casi dos horas. Él estaba encantado y me decía con mucha insistencia que hasta mi voz sonaba diferente, mientras gozaba escuchando algunas de mis anécdotas, en especial aquella tan insólita de cómo me las arreglaba para llegar a los sitios en un país, donde las calles no tienen nombre, las avenidas tampoco y la gente se negaba a usar algo tan útil como las direcciones.

Había entrado en completa sintonía con Miguel, todo era perfecto hasta que de pronto vi algo tan extraño que me hizo brincar de la cama, una imagen se movió en el espejo pero no fuera sino dentro del espejo, definitivamente no se trataba de mi reflejo; esa copia invertida del original que sin producirme la menor inquietud me ha identificado siempre, sino de algo muy distinto y absolutamente desconcertante.
Caminé rápidamente de un extremo al otro de la habitación buscando todos los ángulos posibles, pero no pude distinguir nada, temblando encendí todas las luces, y en ese momento fue muy difícil darle crédito a lo que estaba pasando; una niña acababa de atravesar de lado a lado el espejo, tenía la certeza de que no se trataba del duplicado de alguien que había dejado su figura para que el espejo la reprodujera milimétricamente, sino de un ser que literalmente estaba atrapado dentro de aquél misterioso espejo, que ya empezaba a crisparme los nervios.

Mi primer impulso fue cuestionarme a mí misma, dudaba de lo que acababa de ver, en un increíble esfuerzo por suavizar las cosas me justificaba pensando que a lo mejor lo había imaginado, y rogaba porque así fuera, pues no había una explicación lógica para lo que estaba pasando, me despedí rápidamente de Miguel después de jurarle que íbamos a estar en contacto, y con el corazón en la boca me dediqué a registrar todo el cuarto, busqué y busqué por todas partes, hasta detrás de las cortinas y no conforme con eso, me paré en diferentes lados tratando de repetir la experiencia, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles, no había manera de que el espejo captara ninguna imagen desde el lugar donde lo había ubicado.

Me senté en la cama, tomé el último sorbo de vino y le atribuí toda esa enervante experiencia que casi rayaba en locura, al fuerte cansancio que tenía después de pasar una semana caminando días enteros por la selva, bajo sol y lluvia, Tomé un largo aliento y después de llenar mis pulmones de aire, le imploré a Dios con todo mi corazón que así fuera, finalmente me venció el cansancio y me quedé dormida.

Amaneció más rápido de lo que hubiera querido, pero el día llegó lleno de transparencias, por alguna razón las cosas en la noche tienen más peso, se sienten más intensas, bajo el brillo de ese sol maravilloso ya ni siquiera me importaba lo que había sucedido con aquél episodio del espejo, lo único que me alegraba el corazón era Miguel, con quien a partir de esa deliciosa llamada hablaba casi a diario, lo había invitado a venir a visitarme y él estaba feliz con la idea de volverme a ver.

Siguiendo el manual de la perfecta seductora quería sorprender a Miguel, estaba ansiosa por transformar mi nido en un santuario y me enfoqué en trabajar en el prometedor jardín y sin darle más demora ese mismo día empecé a sembrar la grama, cinco horas después, ya casi al final de la tarde me entró una urgencia por premiarme con la hermosa panorámica que con tanta pretensión exhibía el lugar, me fui a la terraza para ver cómo había quedado la tersa grama en mi pedacito de Edén, y de pronto me sorprendió algo verdaderamente insólito, el jardín se estaba moviendo como si se tratara de un entorno marino, de la nada comenzaron aparecer olas verdes, marrones y amarillas levantándose suavemente sobre la superficie irregular del terreno, y ante este increíble espectáculo no pude sino dejarme llevar por mi asombro, mientras me preguntaba qué estaría provocando ese extravagante efecto acuoso, bajé corriendo por la ladera y sin darle crédito a lo que estaba viendo, me di cuenta de que se trataba de un ejército de bachacos que cargaban sobre sus espaldas las hojas de aquella fabulosa grama que un par de horas atrás había sembrado, empecé a fumigar y en ese momento supe que en Costa Rica todo muerde, por suerte llegué a tiempo para salvar aquella impecable y muy costosa manta verde que con tanta belleza arropaba a mi jardín.

Quedé tan exhausta después de la ardua tarea, que me consentí con un largo baño y caí en la cama como un plomo, cerré los ojos y me relajé, de pronto tuve una extrañísima sensación, como si alguien me estuviera mirando, instintivamente volteé hacia el espejo y allí estaba ella; la misma niña que había visto antes, pero ahora frente a mí, ya no tenía dudas, no se trataba de un espejismo causado por el fuerte cansancio, el inclemente sol, la indomable selva o la devastadora lluvia; era ella impactando todo mi interior con una mirada profundamente triste y desoladora. No podía entender cómo un ser tan pequeño podía albergar tanta tristeza, y en lo que nuestras miradas se encontraron alzó sus bracitos como pidiéndome que la sacara, yo me levanté de la cama de un salto y corrí hacia el espejo, pero la visión se esfumó con la misma rapidez con la que había aparecido. En ese momento me atrapó la más profunda y desoladora tristeza que esa súbita presencia había dejado en el aire y sin poder contenerme rompí a llorar.


Esa mañana amanecí primero que el sol y me quedé un buen rato sentada frente al espejo, llamándola, esperándola, sin tener la menor sospecha de la trampa que me tenía reservado el destino, pero mi dulce niña nunca apareció.
Me vestí y fui a la panadería que tenía más cerca, me senté en una de las mesitas, ordené un café y le pregunté a cuanto vecino vino a saludarme sobre la historia de la casa, nadie sabía nada, la mayoría me dijo que esa casa tenía años vacía, al parecer los antiguos dueños ni siquiera la pudieron disfrutar y nadie supo la razón por la que tuvieron que irse al poco tiempo de haberla construido, entonces fui más directa y les pregunté si sabían algo de un espejo antiguo, y muy animada en conseguir alguna respuesta especulaba sobre las diferentes razones que pudieron haber tenido para dejar en la casa una pieza de tanto valor, nadie sabía nada del espejo, entonces le di la vuelta al asunto y volví a preguntarles si los antiguos dueños habían tenido una hermosa niña y no me supieron decir, la verdad es que no quise insistir más, porque no quería que pensaran que la nueva vecina, a la que le habían dedicado tantas atenciones, estaba sufriendo de algún ataque de paranoia

Atraída como un imán por aquel misterioso espejo, regresé más rápido de lo que había pensado y fui derechito a mi cuarto, allí estaba la niña esperándome y me senté frente a ella con una tranquilidad que no había sentido en mucho tiempo, quería acompañarla, contemplarla; todo en ella era hermosamente azul, su cabello, su mirada, incluso su tristeza… Tenía una belleza casi sobrenatural.
Esa niña me enamoró, pero no sabía qué hacer, no tenía idea de cómo podía rescatarla de esa terrible condena, la misma muerte hubiera sido más bendita, más compasiva, entonces sentí una profunda urgencia por encontrar la manera de aliviarla, y en ese momento supe que cada vez que la veía rompía fuentes frente aquel misterioso espejo, pues sólo tenía vida para darle luz a la dulce y triste criatura azul. Así poco a poco y sin darme cuenta, fui perdiendo interés en todas las cosas que antes me entusiasmaban, ya casi ni salía de esa habitación y mi mundo se empezó a encoger, para mí todo lo bello, lo anhelado y lo importante limitaba con las fronteras de aquél misterioso espejo, me resultaba una verdadera odisea separarme de ella y sólo lo hacía por cosas muy justificadas; hacer alguna compra, pagar las cuentas de la casa o mandar algún informe a la oficina pero enseguida regresaba, porque el epicentro de mi vida giraba alrededor de las melodías de jazmín que me cantaba la niña azul, mientras seguía encarcelada en esa terrible trampa y yo allí, aferrada a ella, del otro lado, acompañándola en su terrible infierno.

Había olvidado por completo mi propia vida y con ella la visita de Miguel, y lo peor de todo fue que ni siquiera me importaba, como otras tantas cosas a las que sin saber ya había renunciado. En esos días encontré un mensaje en mi contestadora telefónica, era él anunciándome que llegaría en dos días, no sentí nada, salvo una irracional indiferencia que me impidió responderle, aunque fuera para cancelar su viaje y olvidarme de aquella inoportuna visita.

Esa noche después de cenar me senté frente al espejo y la llamé, ella apareció más encantadora que nunca, me quise acercar un poco más que de costumbre movida por una intensa necesidad de arrullarla y dejándome llevar por su ternura pegué todo mi cuerpo a la fría superficie del cristal, cuando me sorprendió una fuerza brutal que me empujaba hacia el vacío, luché con todas mis fuerzas pero no podía zafarme, el espejo me estaba jalando con tanta violencia que aullé de dolor, mientras peleaba desesperadamente con todo lo que tenía para liberarme de aquella espantosa cosa que me estaba tragando. Lo siguiente fue exactamente igual a deslizarse por un tobogán a gran velocidad, sentí como se deformaba todo mi cuerpo, y en un instante aterricé completamente aturdida en un sitio pegajoso, casi irrespirable, y sombrío. Me tomé unos minutos para despejar mi mente, me restregué los ojos y para mi sorpresa lo vi todo normal, yo seguía en mi cuarto, veía mi cama, la mesita con el televisor todavía encendido, tal y como lo había dejado, pero había algo distinto que no tardé en descubrir, faltaba el espejo, en un segundo sentí la adrenalina correr por todo mi cuerpo y en un solo grito ahogué todo el horror de aquella silente agonía. No podía aceptar lo que estaba pasando, me negaba a entender que ese fuera mi destino, me empezó a morder la rabia, la impotencia, y me devastó la tristeza, no podía ser que yo misma había cavado mi tumba, me hubiera enterrado en el más terrible de los exilios, pero mi mundo o lo que quedaba de él, se terminó de hundir cuando la vi parada frente a mí, fuera del espejo, ya no era aquella bella y triste niña azul, a la que había amado y entregado tanto, sino un ser maléfico que aparecía ante mí liberado, fue en ese momento cuando me mostró su verdadero rostro, el de un ser diabólico y despiadado que insistía en clavarme su odiosa mirada y después de asquearme con su sonrisa perversa, cubrió el espejo con una sábana y salió del cuarto saltando con irritantes brinquitos de triunfo, celebrando su victoria mientras tarareaba nuestra dulce canción de jazmín.

El silencio que quedó a mi alrededor fue profundamente ensordecedor, sabía que iba a enloquecer en aquella tumba que amortajaba cada pedazo de mi ser, mientras segundo a segundo se hacía más estrecha, de repente como una llama que me iluminó sentí una voz que jamás esperé volver a escuchar, y en ese preciso momento me invadió una pequeña esperanza al sentir a Miguel caminando de un lado al otro de mi cuarto, parecía nervioso y hablaba con alguien más, aunque la sábana me dificultaba la visión pude ver que no estaba solo, lo acompañaban dos policías. Comencé a llamarlo sin dejar de golpear con todas mis fuerzas aquél maldito espejo, y al mismo tiempo le agradecía a Dios, a la vida, a todos los ángeles que Miguel estuviera allí, lo vi acercarse y quitar la sabana del espejo con tal determinación que en ese instante me volvió el alma al cuerpo, lloraba y reía mientras me llenaba de una sensación de alivio tan inmensa que me abrió el pecho, finalmente respiré, fue indescriptible volver a sentir el aire correr por mis venas y sacudir todo mi cuerpo, pero la alegría no duró mucho, lo que vino después fue todavía más terrible que la propia caída a través del infernal espejo, Miguel no podía verme, ni sentirme, ni escucharme, allí supe que había dejado de existir y lo peor de todo era que todavía estaba viva, en ese momento me entregué a mi destino, aunque sabía que lo que tenía por delante era peor que la misma muerte.

Pasaron unos días, yo no sé cuántos, pues en este horror ni el tiempo existe cuando volví a ver a Miguel entrar a mi cuarto, sentarse en mi cama, tomar mi fotografía y hablar como nunca lo había hecho. No puedo describir el filo del puñal que sus palabras enterraron en mi corazón, al escucharlo despedirse de mí, de nosotros, de nuestra historia. Lloró un buen rato, se levantó, volvió a cubrir el espejo, agarró su maleta y se fue, después de un instante todo aquél silencio sepulcral se ahogó en un grito de dolor que salió de mi desesperación de una manera tan intensa, tan demoledora que sentí romperse todos los vidrios de la casa, pero el maldito espejo que me tenía cautiva, presa como un animal, permaneció intacto, encarcelando lo único que había podido sobrevivir en mí, la agonía silente de una tristeza que llenaba todo mi continente, me quedé allí resignada, atrapada igual que un pez en una pecera dándole vueltas y vueltas al interminable vacío, de pronto como si un terremoto sacudiera brutalmente aquél infierno, todo a mi alrededor se empezó a quebrar y sin entender nada de lo que estaba pasando, la fuerza contenida por aquel inframundo me golpeó tan fuerte que me empujó a la vida, liberándome. Finalmente respiré, inhalando un aire nuevo que me devolvía lo que más ansiaba, mi propia existencia. Estaba naciendo de nuevo, esta vez en la fe de Miguel que no dejaba de abrazarme, hasta que un amenazante gruñido nos separó de golpe, Miguel me hizo a un lado protegiéndome de la furia de esos espantos, que emitían sonidos espeluznantes, tomó la pala del jardín y golpeó el espejo con toda su alma, hasta hacerlo añicos, mientras que esos seres malignos salían de allí amenazando nuestros cuerpos, entonces Miguel vino a mí con tanto amor que hasta el mismísimo demonio se espantó, lo último que recuerdo de esa casa fue una luz penetrante hecha de fuego que sin más clausuró aquella puerta infernal, mientras que todo lo que quedaba a nuestro alrededor se desvanecía en el sepulcral silencio de la noche...

Un Asunto Pendiente


Que el éxito nunca te llene la
cabeza, ni el fracaso el corazón…



Paris estaba radiante aquel veintiuno de junio, el día más largo del año y por tradición en cada esquina, cada calle, cada parque se iba reivindicando la ciudad con una celestial musicalidad, que provenía de la alegría de los corazones de la gente, que encontraba su eco en las muy sonoras bandas, orquestas, tríos y cuartetos, anunciando la tan esperada llegada de la mejor época del año: el verano. No había nada más glorioso en el mundo que entregarse en cuerpo y alma a esta fiesta, que le multiplicaba hasta al más escéptico el goce de vivir.

Salí a caminar muy temprano en la mañana contagiado por ese ánimo vibrante que ofrecía Champs-Elysée y como ya era un ritual en la semana, me paré en la cafetería que solía visitar antes de entrar en la oficina y ordené un soberbio café olé, preparado con el cariño de una mujer colombiana sin familia y sin idioma, pero con un je ne sais quoi, que me resultaba un poco perverso, pues con sólo mirarla se me aflojaban las tuercas. Le dejé una generosa propina que ella supo agradecer con un tímido merci, y aunque su pronunciación fue bastante buena, la palabra quedó completamente enmudecida ante la picardía de su salvaje mirada esmeralda, que perturbaba a cualquiera.

Me fui de allí sintiéndome dueño del mundo, absolutamente feliz, como esas personas afortunadas a quienes la vida les impide tener su propia desgracia, totalmente impregnado por la fantasía que despierta una mujer hermosa, mientras disfrutaba sorbo a sorbo del aromático café, sin ni siquiera sospechar que en muy poco tiempo y a unos cuantos pasos de distancia, se me estaba derrumbando la vida entera.

La oficina era un verdadero caos, al principio pensé que se debía a las inminentes vacaciones de verano que estaba a punto de tomar casi todo el personal, pero no tardé mucho en descubrir que la situación era mucho más grave. La compañía por la que había trabajado los últimos veinte años, un importante emporio automotriz, al que le debía mi credo y gran parte de mi existencia; desde un carro deportivo, hasta un exquisito apartamento en una de las zonas más exclusivas de Paris, que alimentaba el amor de mi esposa y la admiración de mis amigos, acababa de declararse en quiebra. En un instante se acabó el verano, todo era invierno.

Le di otro sorbo al café, más por reflejo que por ganas, pero me supo tan amargo, que aquel sabor sublime que había celebrado hace un instante, se había ido con todo lo demás, tiré el vaso en la papelera y sin perder tiempo busqué por toda la oficina al resto de la junta directiva, traté de ubicarlos por todos los medios posibles; los llamé por celular, les envié un mail, pero todo lo que hice fue en vano, para mi total desgracia no los volví a ver, sino mucho tiempo después, habían desaparecido dejándome solo con toda la carga de la ley.

En tres meses fui acusado, sentenciado y puesto tras las rejas.
De allí en adelante hubiese sido una bendición perder la memoria de todo lo que pasó, pero cómo podía desvanecer ese recuerdo, sobre todo el de aquel brutal silencio que al pasar los días se hacía todavía más estridente que las propias sirenas de la alarma de la prisión, y para mi total desgracia las noches no fueron diferentes, la única cosa que tuve fue un implacable reflector que me acompañaba a recorrer aquellas eternas madrugadas. Era un lugar oscuro, sin cielo, sellado por un techo que se me venía encima y para hacer mi tránsito todavía más difícil se me empezó a cerrar el cuerpo, luego el alma hasta que un día, sin darme cuenta, me empecé a borrar; estaba atrapado en el más sordo desierto, en el que ni la nada se atrevería a quedarse, hundiéndome cada día en el terrible vacío de un mundo sin Dios.
Cumplí la sentencia por un año y medio y salí de allí mucho más huérfano de lo que entré, arrastrando la tristeza con los pies, mientras contaba los pocos euros que llevaba en el bolsillo, sin saber a dónde ir o qué hacer.

Caminé por un rato largo sin rumbo, entonces se reveló ante mí una Paris completamente distinta a la que yo había conocido; era una Paris gris, amarga, despiadada, en la que se esculpía en cada bronce y en cada mármol la implacable anatomía de la melancolía, sin saber por qué recordé un parquecito que siempre me había arropado en mi niñez, decidí visitarlo, tardé caminando casi tres horas para llegar al lugar y de pronto noté que algo en mí había cambiado,esa profunda tristeza que antes me asfixiaba se empezó a deshacer, no para liberarme sino para convertirse en algo peor: rabia. Sólo sabes cuán implacable y mal intencionada puede ser esta emoción, cuando se te instala y te empieza a devorar con la ferocidad de un animal herido. Llevando ese peso a cuestas me dejé caer en uno de los bancos del parque y no puedo explicar la explosión de sentimientos que me ahogaron cuando vi la generosa sonrisa de una parejita después de fundirse en el más dulce beso y a un par de viejos que a duras penas podían mantenerse en pie, sacudidos por los involuntarios temblores de sus incontenibles carcajadas. Entonces vino lo peor, sentí como si la fuerza de un Tsunami arrasara todo mi interior, y no tuve más remedio que reconocerme como un hombre maldito, despojado de todo, excepto de la conciencia de saber que ellos tenían algo que yo irremediablemente había perdido, la única cosa capaz de sostener mi propia humanidad, la risa.

Allí me derrumbé y no pude hacer otra cosa que llorar toda la agonía que había sufrido hasta ese día, lloré inconsolablemente sabiéndome vencido, y como un salvavidas llegó el sueño, la única cosa en el mundo que podía liberarme de esta profunda derrota.

Me sorprendió el día con el cuerpo bastante entumecido y adolorido, pero tenía otras urgencias que atender, caminé hasta la oficina de servicios sociales y ellos me consiguieron con bastante eficiencia un empleo que me permitía volver a empezar. No tardé mucho en encontrar un sitio limpio y tibio donde echar mis huesos, protegiendo mi cuerpo sólo de algunas de las intemperies que empezaba a brindarme Paris.

Una noche vagabundeando por las frías calles de La Conciergerie me di cuenta que ya no tenía nada por qué luchar, y a pesar de que estaba en el hoyo más negro de mi vida, vi una salida. Ahora sólo tenía que reunir el valor para hacer lo que me correspondía: suicidarme. El gran meollo era cómo, en ese momento me di cuenta lo difícil que resulta hacer algo estúpido. Seguí caminando ignorando el frío y la oscuridad, encendí un cigarrillo buscando algo de inspiración, cuando me sacudió el grito aterrador de una mujer que estaba a punto de ser víctima de un brutal ataque, causado por la maldad de dos delincuentes, que insistían en despojarla de todo lo que estuviera a su alcance, incluyendo su propia vida. Como si fuera un volcán en erupción toda la rabia que había contenido durante tanto tiempo, salió y sin saber cómo una fuerza sobrenatural me invadió permitiéndome pelear con todo lo que tenía para salvar aquella mujer de un terrible destino.
Su nombre era Sara y en lo que se le pasó un poco el gran susto que había sufrido, notó mis heridas y quiso llevarme al hospital, le rogué que dejara las cosas como estaban, pues no tenía el menor interés en hacerla partícipe de mis miserias, sin darse por vencida me preguntó con una particular insistencia

¿Qué puedo hacer por usted? Dígame. Estoy segura que debe haber algo que pueda hacer por usted

La miré como si fuera la única tabla de salvación, en medio del mar y le contesté:

Invíteme a vivir Madame, invíteme a vivir…

Entonces me pidió que la acompañara a su apartamento con tal determinación que fue inútil ni siquiera intentar negarme.
Así nació la más bella amistad y con la ayuda de Sara, las heridas que sangraban dentro de mi alma, empezaron a sanar.

Sara era una prominente mujer que había quedado viuda hacía mucho tiempo atrás, todavía le quedaban muchos de los rasgos de su exótica belleza, con la que complacía a muchas miradas. No tenía familia pero contaba con un talento especial no sólo para los buenos negocios, sino también para los crímenes perfectos, y ella siempre lo decía entrecerrando los ojos, con lo que le daba un fino toque de humor y un aire de presunción a una confesión que podría espantar a cualquiera.
Nunca pensé que después de conocer mi historia, iba a ser ella quien me ayudara a reconstruir pedazo a pedazo los restos de mi vida.
Empecé a trabajar para su compañía y en menos de un año estaba en una posición como la que nunca antes había soñado. Definitivamente esa santa mujer y yo hacíamos un gran equipo y aunque mi vida había cambiado radicalmente, todavía llevaba encima el peso de mi pasado, como si fuera una huella indeleble que muy lejos de desaparecer, se hacía mucho más profunda con el tiempo.

Una noche invité a Sara al teatro y mientras esperábamos la función nos animamos a degustar un Saint-Emilion; un elixir aterciopelado color carmesí que hacía del legendario gran salón de Le Palais de l’Opéra, un lugar mucho más exquisito y lleno de gracia.
Esa noche parecía perfecta, el brillo de los candelabros creaba una atmosfera única y para mi sorpresa, como si fuera una pantera al asecho, el destino se volvió a presentar, y allí mismo sufrí un terrible shock; todo mi cuerpo empezó a sacudirse con un temblor cada vez más difícil de controlar, la sangre se me hizo fuego, mientras en mi interior se desataba un torbellino de pánico, rabia y asco, Sara se me acercó un poco extrañada al verme tan descompuesto, no entendía lo que me pasaba hasta que vio mis ojos desorbitados, clavados en un hombre que estaba parado a unos cuantos pasos delante de mí. Era el mismo hombre que había buscado por tanto tiempo, el que había acabado con mi vida. No tuve que explicarle nada, Sara lo entendió en el acto, no hay nada más peligroso que el instinto de una mujer, sin la menor contemplación Sara me agarró del brazo y me llevó hasta donde estaba él, lo saludó actuando con mucha cordialidad y en el momento en que ese infame me reconoció, se quedó sin habla. Entonces con la determinación de un general Sara le habló en un tono distinto, casi autoritario, humillándolo, Monsieur usted y yo tenemos un asunto pendiente. Lo espero esta semana en mi oficina, le conviene venir a verme.

Una semana después Sara me llamó para citarme en un Café que adoraba en Ille Saint Louis y me advirtió que llegara temprano porque tenía un regalo para mí. Cuando me senté en la elegante mesa del lugar que había escogido, vi en el reflejo del espejo que teníamos enfrente, a un hombre groseramente feliz, entero, sin grietas y con genuina curiosidad le pregunté a Sara

¿Y ese hombre quién es?

Ella con una peculiar picardía que no había descubierto hasta ese día, me respondió manteniendo la risa incrustada en el rostro,

Ese hombre serás tú cuando sepas lo que yo sé

Entonces con su gracia habitual levantó su copa y se apresuró a proponer un brindis:

Brindo por la muerte de tu agonía

Me limité a seguirle el juego sin ni siquiera poder descifrar lo que se traía entre manos, en ese momento sacó el periódico del día, con la misma soltura con la que un mago saca un As bajo la manga, y me mostró la primera página en la que aparecía la noticia del momento: el suicidio del ex presidente del emporio automotriz. Quedé impactado, no podía darle crédito a la noticia que estaba leyendo. Se trataba del mismo miserable que me había condenado al repudio, a la vergüenza, al exilio de mi propia vida..

Sara no dejaba de sonreír mientras saboreaba lentamente su burbujeante copa y sin interrumpir mi abismal silencio se apresuró a confesarme algo, que me resultó todavía más inesperado:

A mi edad mon cheri, no hay nada más excitante que el crimen perfecto…

Me tomé la Champagne de un solo trago, me levanté de la mesa y comencé a caminar, no había llegado a la esquina cuando me invadió una sensación extrañísima, como si un rayo me hubiera estallado encima, dejando todo mi ser en blanco. No entendía de qué se trataba y de pronto, como si estuviera en un sueño, vi las cenizas de mi agonía volar hasta perderse en el velo negro del olvido y sin darme cuenta volví a reír, vraiment à la fin, J’ai pu rire…

La Cueva de la Diosa


A Jimmy, mi pájaro azul…



Adoro los días húmedos y lluviosos, en los que el aire se carga de ese intenso rocío, que a mí me huele a hembra y desde el cuaderno de la memoria me trae el recuerdo de su presencia. Nada mejor en este mundo que perderme en sus dominios, por eso cuando me sorprende el añorado momento en que la tierra se moja y despliega sus aromas, ella viene a mí en cada gota de lluvia y de nuevo me voltea la vida. Entonces respiro profundo, constatándola pues con solo inhalar las humedades del aire la siento y en ese momento me reconozco a mí mismo pleno, pero cómo no serlo, cómo dejar de reinventarla una y otra vez en mi memoria, si ella me dio el tesoro más grande que se le puede dar a un hombre: el camino a la inmortalidad.

¿Qué se confabuló para que yo entrara en los capítulos de una historia que ni siquiera me pertenecía? ¿Por qué me permitió izar mi bandera en un terreno prohibido, que hasta ese momento había sido el templo de los dioses? Nunca lo sabré con certeza, pero intuyo que fue una fuerza mayor la que me llevó hasta allí.

Todo empezó cuando acepté acompañar a unos amigos a un lugar excepcional casi onírico ubicado en el sur de mi país: Venezuela, para entonces era una región encantada, absolutamente virgen. Se podría contar con los dedos de una mano las personas que habíamos tenido el privilegio de estar en ese territorio, y aunque volábamos bastante cerca de Puerto Ayacucho nos sorprendió las grandes extensiones de tierra que nunca antes habían sido exploradas, era imposible no sentirse profundamente conmovido ante el sublime contraste del paisaje. Recuerdo que ninguno de nosotros se atrevió a romper el silencio que provocaba la sensación de estar entrando a un mundo anterior a nosotros, por lo que no me sorprendió escuchar a Francisco decir:

-¡Ajusten los relojes a más de mil millones de años!

Me llamó la atención el hecho de que sin poder explicarlo, teníamos la certeza de que estábamos sobre un territorio sagrado y siguiendo mi voz interior invoqué a los Dioses, les pedí permiso para estar allí y como si fuera un sortilegio la bruma que había tejido un delicado velo cubriendo la misteriosa selva se abrió ante nosotros de una manera tan definitiva que ni la imaginación más fértil hubiera podido recrear un momento como ese, y por primera vez en mi vida sentí que el lenguaje no me alcanzaba para encontrar una palabra que describiera las dimensiones de ese espectáculo.
A estas alturas ya no nos interesaba el rumbo que debíamos mantener y como si la avioneta estuviera siendo atraída por un imán, nos dejamos llevar unas cuantas millas sin corregir la deriva. Volamos unos diez minutos hasta que de pronto se reveló frente a nosotros algo que parecía pertenecer a otro mundo, se trataba de un Tepuy que sin ninguna razón se alzaba interrumpiendo la espesura del paisaje, como si lo hubieran incrustado en plena selva por algún capricho de orden divino, tuvo que haber sido eso porque no había otra manera de justificar lo que hacía allí aquella impresionante escultura viviente. Quedamos impactados al ver ese monumento de piedra calisa, que parecía el gigantesco tronco de un árbol que alguna vez fue cortado y de sus frutos se había originado el principio de algo. Más abajo, justo a sus pies, como un espejo de agua serpenteaba el río que sobresalía entre la exuberante selva, recuerdo el muy elocuente gesto de Aníbal agarrándose la cabeza, intentando acentuar la visión que ya empezaba a perturbarlo, mientras nos gritaba con la voz casi quebrada:

-Señores lo que tienen frente a sus ojos es Autana, la montaña sagrada.

Todos mis amigos se quedaron paralizados ante la visión que ofrecía aquella montaña, pero lo que se reveló ante mí conmocionó todo mi interior, lo que tenía frente a mis ojos estaba lejos de ser una montaña, era más bien una fuerza sublime inalcanzable para cualquier mortal, era una Diosa. No entendí de qué manera, ni por qué me había elegido pero el único que tuvo la gracia de beber de su fuente sin ni siquiera mojarse los labios fui yo.

Lo que viví en ese instante fue extraordinario, tuve la sensación de que mis ojos se hicieron agua cuando se hundieron en la fascinante belleza de su mirada, la recuerdo de un infinito esmeralda, y aunque lucía como humana se desplegaban de sus hombros unas hermosísimas alas, que parecían las de un Quetzal. No sabía qué milagro o conjuro la había traído hasta mí, pero allí estaba ella sonriéndome, me quedé absorto mirándola, completamente quieto, no podía o más bien no quería correr el riesgo de romper la magia, por eso ni me atreví a levantar la cámara fotográfica. Quedé completamente extasiado, o más bien poseído por aquella aparición.
No me di cuenta en qué momento dejamos la montaña porque de regreso, casi llegando al aeropuerto de Puerto Ayacucho, yo seguía percibiendo la intensidad con la que me golpeaban sus aromas, sucumbiendo en el elocuente perfume que emana la tierra fresca, justo en el momento del riego, cuando acaba de llover y sin poder articular una sola palabra supe que ese lugar había cambiado mi vida para siempre.

Esa noche dejé a mis amigos conversando en el comedor del hotel y me fui a dormir, necesitaba estar solo, no entendía muy bien lo que se estaba gestando en mi interior pero le eché toda la culpa al cansancio que ya me estaba venciendo; sentí que mi cuerpo pesaba el doble y sin mucho esfuerzo me quedé dormido. En algún momento de la noche la sentí aparecer, estaba en mis sueños y lo peor de todo fue que no había nada que deseara más en el mundo que volver a encontrarme con ella. La soñé inmensa, rodeándome con la suavidad de sus alas de Quetzal, llamándome por mi nombre y yo enterrándome en ella; sintiéndola como un río que se me subía por los pies, recorriendo mis piernas, humedeciéndome con las traviesas caricias de su lengua, mientras que su aliento se agitaba sobre mí soplándo una brisa cada vez más fuerte, dictando el compás de un ritmo que iba en crescendo, hasta que mi cuerpo no pudo resistir su intensidad y estalló desde adentro, lo siguiente fue completamente inexplicable, vi que sus alas se quemaron y la Diosa empezó a transformarse, hasta quedar reducida a una bella mujer y allí me desperté.
Fue una experiencia abrumadora, acuosa que me llevó de regreso a mi propio génesis, al espiral de la vida, al útero de la madre tierra. Había sido un sueño, pero por alguna razón imposible de entender, mi piel amaneció completamente enlodada y lo más extraño fue que en esa mañana el aire estuvo casi irrespirable, por la intensa fragancia que desprendían los verdores de las hojas cuando las agitaba el viento.

Apenas había pasado un mes de aquella memorable experiencia, pero mi ser todavía seguía inmerso en aquel mundo perdido.
Recuerdo que estaba tranquilo en casa revisando una biografía de Leonardo Da Vinci, en la que aparecían los planos de la primera máquina voladora diseñada por él, me enfoqué en la leyenda del dibujo y algo sobrecogedor me hizo entenderlo todo; esas escasas líneas me dieron la clave de lo que había estado buscando; hablaba de cómo reproducir la máquina que de acuerdo a las leyes matemáticas fuera capaz de volar, pero había algo mucho más importante que me llegó hasta el alma al leer la siguiente estrofa: ”…Se puede decir que la máquina para volar, construida por el hombre, sólo le faltaría la vida del pájaro, la cual podría ser extraída de la propia vida del hombre”
En ese momento entendí el gran acertijo de la Diosa, finalmente supe por qué en el sueño se le habían quemado las alas y lo más importante fue descifrar lo que ella había tratado de decirme con en esa gran metáfora; me estaba pidiendo que entrara en su cueva, y aunque nunca se me hubiese ocurrido una idea tan loca, solo necesité un instante para que las cosas cayeran en su lugar y todo tuviera sentido; ella sería la única montaña y yo el único hombre en atravesarla, por fin había encontrado mi propio destino: una aventura capaz de reinventar nuestra propia historia.

Entrar en la cueva se me volvió una verdadera obsesión, la única manera de hacerlo era con un avión, sabía que tenía que arrancarme las alas para seguir volando, pero exactamente ¿qué significaba eso? La altura del tepuy es de tres mil novecientos cincuenta pies y la cueva está a sólo quinientos pies por debajo de la cima, por lo que empecé a medir mis probabilidades, llamé a mis compañeros y les pedí todas las fotografías de la montaña que pudieran darme y las proyecté en la pared de mi casa, allí fue cuando entendí las dimensiones de la aventura en la que me estaba metiendo. Por primera vez me pregunté si era posible pasar volando a través del estrecho diámetro de sus entrañas. Allí estaba el dilema que sin duda marcaría un gran comienzo para seguir mi aventura, el tamaño de la cueva era tan crítico que lo que antes me había parecido posible, ahora era un suicidio.

Seguí viéndola, estudiándola a través de la fotografía que había proyectado en la pared y como un loco sueño ella empezó a darme vueltas y a convencerme de una sola cosa: continuar hasta el final, pero mis preocupaciones eran muy concretas: ¿Cómo hacerlo sin herirla, sin herirme? ¿Cuántas posibilidades había para que ambos saliéramos ilesos? ¿Cómo podía minimizar el gran riesgo que estábamos corriendo? Sin entender mucho cómo pasó, ella muy sutilmente comenzó a señalarme los caminos que nos unirían para siempre.

Unas horas más tarde, se presentaron mis amigos en la casa y al ver ese revuelo de fotos, papeles y cálculos regados sobre la mesa, me preguntaron en qué andaba, les conté por encima sin revelar mi secreto, ocultando lo más esencial de la historia, el encuentro con la Diosa y me dijeron que estaba completamente loco, yo sabía que tenían razón; estaba loco por volar en el delicioso aire que sale de sus entrañas, estaba loco por sentir la calidez de su cueva, estaba loco por explorarla, por ser el primero, el último, el único en haber estado allí de esa manera...
Entendí que la forma más segura de volarla era con un avión experimental que llegó a la puerta de mi casa, en una caja, desarmado y cuando finalmente logré que todas las piezas volaran en perfecta formación, me despedí de cada uno de mis afectos y emprendí el viaje que me llevaría a cumplir mi destino.

Cuando llegó el gran día fui al río me bañé en sus heladas aguas y me vestí con calma, como si fuese el comienzo de un ritual nupcial. No recuerdo con exactitud cómo sucedieron las cosas, pero vienen a mi memoria rostros, nombres entrañables que me acompañaron y me ayudaron haciendo ese día todavía más solemne; Jorge Delano hizo las veces de mi padrino de honor y nunca supe de dónde vino su fe y qué vio en mi corazón para darme la fortaleza que necesitaba justo antes de despegar y perderme de su vista en aquél amenazante verde esmeralda. Sabía que la suerte estaba echada y que mi tan ansiada Diosa se abriría entera para mí. En la medida en que me fui acercando ya no pude distinguir casi nada, todo empezó a esfumarse y en el momento menos esperado ella apareció como una antorcha marcando la entrada de su santuario, señalándome el camino, animándome a seguir mientras hacía un movimiento suave con sus alas de Quetzal. No sé cuánto tiempo transcurrió, pero yo sentí que ya no existía tiempo ni espacio solo me vi naciendo en ella, y fue en ese momento en que sentí el fuego de sus alas quemándome, me perdí en la frescura de su savia, mientras la hermosa Diosa sonriéndome me llevaba de vuelta a los brazos de la madre tierra y sin darme cuenta ya había aterrizado.

A pesar de que han pasado un poco más de veinte años no he podido dejar de amarla. Ella es mi aliento, el sonoro triunfo de la belleza, la que mueve mi mundo y lo gobierna. La que busco en cada mujer que he conocido y en las que me han amado. No he vuelto a verla, pero me dijeron que después de la increíble aventura que vivimos, los guardianes de la selva cerraron los caminos y con una inmensa roca sellaron la cueva, cerciorándose de que ningún otro mortal pueda llegar hasta ella.
Cuentan mis hermanos Piaroa que en la espesura esmeralda de Autana Kuaymanajari ya no hay aves en el cielo, desde ese día vuelan en las alas de la Diosa

Hambre de Ti


“Quiero conocerte...
…Penetrándote“


La fiesta ya dejaba constancia de lo imborrable que había sido aquella noche, en la que nos habíamos reunido gran parte de la familia y amigos, para darle la bienvenida a mi tía Silvia, una mujer extraordinaria y si se quería asumir el compromiso de hacerle justicia, sólo se le podría describir en superlativo; todo en ella estaba acentuado, en especial su muy exótica belleza que por alguna razón enrarecía hasta el ánimo de los más puritanos.

Había llegado de Italia después de haberse pasado los últimos cuatro años de su vida registrando todos sus rincones y no dejaba de hablar, con esa particular manera que emboscaba a cuanto cristiano se le parara enfrente, de cómo la habían domesticado los misterios de aquel entrañable país, que se dibujaba en el mapa como un fetiche, la cosa más deseada por cualquier mujer, una bota.
Recuerdo que tomé ese comentario como una muy simpática alegoría que un país como Venezuela podía darse el lujo de perdonar y la principal razón se debía a que en esta latitud uno se contagia de la más exquisita sensualidad, sobre todo después de quedar mojado con los ardientes sudores del Caribe.

Los pocos hombres que habían logrado escabullirse del hechizo de mi tía Silvia, estaban congregados alrededor de la mesa del comedor, disfrutando de una gran variedad de suculentos manjares; recuerdo en especial un exquisito mouse de chocolate, preparado con el arte con que mi mamá hacía cualquier cosa, que sin remedio incitaba hasta los más conservadores a entregarse al placer de la gula.
A pesar de mis diez años de edad ya podía entender la diferencia entre comer por gusto o devorar lo que fuera impulsado por una inminente necesidad de ser consolado, yo estaba segura que eso era lo que la mayoría de estos caballeros, satisfacían en cada bocado y no les quedaba ni la esperanza de ser rescatados, aunque se tropezaran con el vendaval de encantos que desplegaba mi tía Silvia.

Pasé gran parte de la noche viendo a la gente que me rodeaba sentada en una cómoda butaca situada cerca del comedor, y para que el increíble material que estaba observando adquiriera un mayor dramatismo, lo miraba todo a través del reflejo de un hermosísimo espejo, colgado de tal manera en la pared, que no se le escapaba ningún detalle. Me divertí un montón percibiendo como las palabras se convertían en sutiles gestos, cómplices de alguna situación que en otra circunstancia levantaría más de una sospecha. Creo que fue en ese momento que las cosas cambiaron para siempre, cuando mis ojos, todavía perdidos en el espejo, vieron salir de allí un extraño reflejo que poco a poco se iba dibujando hombre, me paré de un salto de la butaca y sin que me diera tiempo de nada, lo vi parado frente a mí. No sabía si era un ángel o un demonio, lo único que pude sentir fue esa extraña sensación de hambre que empezó a morder mi cuerpo, pero no era la misma hambre que trataban de saciar mis tíos devorando el delicado mouse de chocolate que estaba sobre la mesa, se trataba de un hambre distinta, un hambre que no había sentido nunca y lo peor fue que no tenía la menor idea de cómo calmarla. Así, perdí la inocencia y conocí la implacable fuerza del deseo. Inútilmente traté de moverme, pero la respiración entrecortada, el corazón inquieto y el vientre ardiendo me lo impidieron, por más que intentara alcanzar a esta deslumbrante criatura, sólo tuve que conformarme con ver la ingravidez con que se llevaba a mi tía Silvia para siempre. Este se convertiría en el recuerdo más fascinante y más recurrente de toda mi vida.

Llevo todo el día preguntándome en qué estaba pensando cuando decidí hacerme documentalista. Eso no debería ser una profesión sino un título que uno saca en calidad de accesorio, cuando el agregado cultural de alguna embajada de un país interesante, te invita a un brindis.
Nunca me ha gustado sacar cuentas pero si pongo en una balanza cuánto he ganado cumpliendo con toda la cadena de imposibles que impone esta profesión, seguro saldría perdiendo. Es una lástima haberlo descubierto veinte años después de entregarme en cuerpo y alma a tareas tan insólitas como la que me ha tocado en estos últimos cuatro meses: restaurar un olvidado mausoleo ubicado en el Cementerio del Sur, para filmar un prometedor documental sobre las joyas de Caracas, que hasta ahora no me ha proporcionado ningún placer, pero me permite defender mi estatus sumándole unos ceros a mi cuenta bancaria, y con un poco de suerte también podría agregarle un trofeo a mi insólita carrera.

Caracas es una ciudad bizarra, en la que los venados corren detrás del tigre, esa es la mejor manera de definir mi relación con Federico; un extraordinario herrero que en estos últimos cuatro meses me está dando la oportunidad de desarrollar la paciencia. Tengo que reconocer que este hombre además de ser un verdadero artista en la herrería, es un mago en el arte de desaparecer, pero se le acabaron las excusas, porque hoy tiene que darme la cara y pase lo que pase voy a quedarme en el cementerio, hasta que aparezca con el farol y la reja restaurada, ya está decidido, aunque tenga que inmolarme.
Me quedé esperándolo apoyada en el capot del carro preparando mi furtiva armadura para el encuentro, cuando finalmente vi a un estrafalario jeep entrar por la puerta principal del Cementerio del Sur, con el farol y la reja amarrados al techo, y al verlo respiré profundo mientras pensaba: Dios existe.
No puedo describir la increíble sensación de placer que sentí cuando los músculos de mi cara empezaron a relajarse; sin poder evitarlo se me instaló una enorme sonrisa en el rostro y entonces tuve que reconocer que hacía tiempo no veía un trabajo tan fino, tan exquisitamente logrado, la impresión que me invadió en ese instante fue muy parecida a la de dar a luz, en lo que vi la pieza de arte, se me olvidó todo.

El mausoleo que había escogido el director estaba a unas pocas cuadras de la entrada principal del Cementerio del Sur, muy cerca del estacionamiento, lo que me permitía andar con cierta tranquilidad, porque había gente trabajando muy cerca de allí y aunque ya estaba oscureciendo no me preocupaba quedarme un rato más instalando el farol. Un obrero se acercó a mí y alabó con gran generosidad el trabajo que habíamos hecho, por esas cosas que uno no espera de la vida, me ofreció ayuda que de muy buena gana acepté. Buscó sus herramientas y en un instante el farol estaba listo, le pagué con la misma generosidad y bajé al carro a buscar mi cámara fotográfica, en cuanto regresé el hombre ya se había ido, no le di importancia pues estaba tan emocionada por lo bien que había quedado todo, que empecé a tomar fotos de diferentes ángulos y de pronto me sorprendió una sensación tan embriagante, que no la pude contener. Era la primera vez en cuatro meses que me sentía satisfecha, sin anunciarse, la muy ansiada gratificación, se había hecho presente.

Como buena directora de arte caminé unos pasos para apreciar desde lejos el efecto de la iluminación del rescatado farol y en eso me percaté de que estaba completamente sola, no había ni un alma en ese lugar , ya se había hecho tarde, sin pensármelo mucho me apuré en buscar mi cartera para irme y cuando quise entrar me di cuenta que las puertas del mausoleo estaban cerradas. Al principio no entendí muy bien qué pudo haber pasado, porque nadie había estado allí y yo no recuerdo haberlas cerrado. Me revisé los bolsillos rogando tener las llaves del carro encima, pero las tuve que haber guardado en la cartera, lo que si encontré fue mi caja de cigarrillos, saqué uno para fumar mientras decidía qué hacer atrapada en aquella oscuridad, pero tampoco tenía encendedor. Volví a revisar tocándome los bolsillos de atrás del pantalón, cuando escuché justo por encima de mi hombro, el
click de un encendedor, volteé para verle la cara a mi salvador y no pude creer lo que estaba viendo, era una llama suspendida en el aire, sin que nadie, absolutamente nadie estuviera sosteniéndola.

Todo en mí se crispó, dejándome completamente paralizada. Trataba de calmarme pero lo único que lograba escuchar era el redoblante latido de mi corazón que insistía en salirse por la garganta. El aire se llenó de un intenso olor a celo que parecía venir de un animal, o quizás era el deseo animal de un hombre con hambre de mí, no lo supe en ese momento y me negaba a saberlo; justo cuando traté de reunir todas mis fuerzas para recuperar el control y escapar de allí, unas enormes gotas de sudor empezaron a resbalarse por mi garganta, y en un instante sentí un aliento viscoso que me rozaba, me lamía y me chupaba. Lo que vino después no puedo explicarlo pero la explosión que me asaltó desde mi propio epicentro fue tan avasallante que sentí como si una espada caliente hubiera atravesado todo mi cuerpo, no podía parar de temblar, mis ojos estaban inundados y caí de rodillas vencida por el éxtasis, sin ánimo de entender nada quedé absolutamente rendida, haciendo agua, naciendo otra vez, y lo único que imploraba a gritos era que ese instante durara para siempre… Creo que entendí la eternidad.

Apenas supe por dónde fui. Tengo un recuerdo confuso de haber vagado por algunas calles cerca del cementerio, totalmente desconocidas, mal alumbradas y bastante peligrosas; no sé cómo pasó, pero cuando recobré la conciencia de mi misma, estaba saliendo por el distribuidor de Altamira, casi llegando a casa. Me era muy difícil identificar todas las sensaciones que me estaban abordando, realmente me sentía extraña, muy extraña, busqué el espejo retrovisor para encontrar alguna evidencia de algo que tuviera en la mirada, pero no pude notar nada, volví a mirar y me di cuenta que sí, definitivamente había algo increíblemente diferente, por alguna razón el espejo reflejaba el secreto de mi vida, revelaba mi última historia, una historia que ni siquiera yo podía armar.
Lo que vi después me sorprendió todavía más; había algo en mi rostro que lo hacía lucir mucho más cautivante, más animal quizás era la mirada o los labios que se veían mucho más carnosos, aunque más bien me pareció que era algo en la piel porque estaba mucho más traslúcida, definitivamente algo importante me había cambiado y por más que lo negara, cada minuto que pasaba, me iba pareciendo mucho más a la enigmática tía Silvia.


Abrí la puerta de mi casa y como si estuviera saliendo de una anestesia me empezó a doler todo el cuerpo, incluso sentía que todo me ardía, encendí las luces, tiré el bolso y me fui quitando la ropa en una suerte de rito que poco a poco me fue liberando, al dejar respirar mi piel desnuda, el aire de la noche. Cuando llegué a mi cuarto lo vi acostado en mi cama, sin darle crédito a lo que veían mis ojos, me quedé en completo silencio, mientras sentía cómo se me iba erizando hasta el alma, esa criatura me miró como nunca me había mirado nadie y en un susurro me preguntó

-¿Te sorprendí?-

Después de tomarme un momento en el que supe cuál era mi destino y celebré descubrir que hay más plenitud en adorar que en ser adorado, le contesté:

-Siempre, eso es lo que te hace tan adictivo-

Le brindé una sonrisa animal y en el momento menos esperado, como un sortilegio, se desvaneció como siempre. Lo último que vi de él fueron sus intensos ojos de antiguo vampiro… Ya estaba amaneciendo.
 
Marzo 2008 | Diseñado por anita